Los vendedores ambulantes y sus productos salvadores
En la micro, por la calle, o hasta cuando estamos arriba de un vehículo particular, siempre terminamos obviando a los vendedores ambulantes que nos ofrecen cosas pequeñas pero que al final son de gran valor y sacan de apuro. Por Eder Rivas
“A cien, a cien, parche curitas a cien” “Cómodos, fácil de aplicar en la piel, no se arrugan. Solo por cien pesos, ¡Señora! ¿Usted, quiere uno? Para su regalón, nunca están demás”. Tomo dos: el vendedor ambulante se baja de la micro, en su bolsillo: $200 pesos. La micro lleva 12 pasajeros. Hoy es un mal día para vender productos de cuidado extremo.
No sé si a más de tres personas les ocurrirá esto, o al menos más de una vez ha padecido de este síndrome (sí, le puse síndrome). Pero cada vez que nos cortamos accidentalmente con un utensilio, nos pasamos a llevar con un alambre, un fierro, un clavo, el mundo nos juega una mala pasada justo en el momento imprevisto: se nos hace una pequeña herida en la maldita piel. Y no hayamos qué ponernos ahí porque chorrea la sangre y de igual manera molesta. Y pensamos: “Mierda, no hay parchecuritas en casa, debí haber gastado $100 en la micro”.
Aunque parezca de poca importancia. Qué curiosa sensación es esa, y se nos viene encima el sentimiento de culpa: andamos siempre en micro, por la calle, o hasta cuando estamos arriba de un vehículo particular, y siempre terminamos obviando a los vendedores ambulantes que nos ofrecen cosas pequeñas pero que al final son de gran valor y sacan de apuro. No sólo ocurre con el famoso parche curita, sino que también con el encendedor, ya sea de frecuente uso para los fumadores o para encender una casa, un árbol, para los más pirómanos. Hay para todos los gustos dentro del comercio ambulante.
¿Y qué es lo que hacemos muchos? Los obviamos, no les damos bola, no nos interesa porque “andamos muy ocupados” (suena tan grave) o les decimos que andamos sin plata. Grave error. Tanto presionar el teclado se te rompió la yema del dedo. Mentira. Levántate y compra parchecuritas, ¡sorpresa! Soy accionista de 3M.
No sé si a más de tres personas les ocurrirá esto, o al menos más de una vez ha padecido de este síndrome (sí, le puse síndrome). Pero cada vez que nos cortamos accidentalmente con un utensilio, nos pasamos a llevar con un alambre, un fierro, un clavo, el mundo nos juega una mala pasada justo en el momento imprevisto: se nos hace una pequeña herida en la maldita piel. Y no hayamos qué ponernos ahí porque chorrea la sangre y de igual manera molesta. Y pensamos: “Mierda, no hay parchecuritas en casa, debí haber gastado $100 en la micro”.
Aunque parezca de poca importancia. Qué curiosa sensación es esa, y se nos viene encima el sentimiento de culpa: andamos siempre en micro, por la calle, o hasta cuando estamos arriba de un vehículo particular, y siempre terminamos obviando a los vendedores ambulantes que nos ofrecen cosas pequeñas pero que al final son de gran valor y sacan de apuro. No sólo ocurre con el famoso parche curita, sino que también con el encendedor, ya sea de frecuente uso para los fumadores o para encender una casa, un árbol, para los más pirómanos. Hay para todos los gustos dentro del comercio ambulante.
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