Inmigrantes italianos en Playa Ancha

Una conversación con Edda Schiappacasse, nieta de inmigrantes italianos en Playa Ancha, quienes llegaron a fines del siglo XIX.

Imagen de Hernán Castro
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08 de Agosto, 2019 15:08

Artículo publicado en Apuntes y Viajes

Edda es una mujer encantadora. Conversar con ella en la comodidad del Café República Independiente de Playa Ancha fue todo un honor. Podría pasar días escuchando las historias de ella y su familia en el barrio de Playa Ancha. Un lugar al que llegaron sus abuelos desde Italia cuando sólo había unas cuantas casas.

A las diez en punto abrió la puerta del café e ingresó con su pelo rubio y rizado, me buscó con sus ojos azules y me dijo “me dijeron que usted era puntual y yo también lo soy”. Se acercó hasta la mesa y sin sentarse comenzó a hablarme de su vida. 

La invité a tomar asiento, a lo que accedió. Pero no se sirvió ni un vaso de agua, pues ya había comido su fruta matutina y con eso ya no necesitaba más. Lo que es yo, me tomé dos cortados y un aliado para acompañar la conversación.

Inmigrantes italianos en Playa Ancha

“Mi abuelo llegó de Italia en 1896 con una mano delante y la otra atrás, como suele decirse”. Franchesco Schiappacasse llegó a los 21 años para trabajar en el almacén de unos familiares. Sastre de profesión, siempre confeccionó su propia ropa y nunca dejó de usar un chaleco con bolsillo y un reloj con cadena. 

El gobierno de la época les dio terrenos para que se instalaran, consiguieron unas latas y levantaron su primer hogar; donde años más tarde forjarían las raíces del que sería el Almacén San Pablo, uno de los primeros de Playa Ancha y donde se podía comprar ropa, loza, ollas, alimentos y pan. Y al que más años más tarde se sumarían El Sol, El Almacén Naval y el Progreso. 

Edda Schiappacasse nació en 1937 y entró a estudiar al Colegio María Auxiliadora, de las monjas italianas, en 1942. A los 19 años se casó y a los 33 se separó. Del matrimonio nacieron dos hijos a los que tuvo que mantener trabajando en forma ardua. Cerca de los 60 años comenzó a viajar por el mundo y es tajante al afirmar, con una sonrisa, que en su vida ha hecho todo lo que ha querido. 

La vida de barrio

Cuando le pregunto sobre el barrio Edda hincha el pecho y suspira profundamente: “Yo soy italiana, chilena, pero sobre todo playanchina”. Es que Playa Ancha era tan distinto al cerro Alegre, me explica, donde todo era tan aristocrático. “Acá todo era más revuelto”. 

“Como cerro para vivir es el mejor de todos. Porque hay de todo: Banco, bomberos, iglesias, universidades, colegios, la Escuela Naval. Tenemos de todo acá arriba”, afirma orgullosa.

Las fiestas

Desde atrás de la barra del Café República Luis Bastías le pregunta por las fiestas de los inmigrantes italianos en Playa Ancha y Eda responde categórica: “Nunca fui a las fiestas de los italianos”. Y luego nos cuenta que en verdad fue una sola vez a una fiesta a Santiago y no le agradó que algunos  se fijaran en lo que gastabas. “Soy italiana, pero me siento más chilena que nadie”.

Edda prefería las fiestas del barrio. En especial los malones en las casas, donde cada uno llevaba su aporte y se preparaba el cleri, una mezcla de vino blanco con durazno, que era la bebida especial. Estos encuentros usualmente se prolongaban entre las siete de la tarde y la una de la mañana. 

Las otras fiestas que eran muy buenas eran las del Club Deportivo Playa Ancha. También estaban las de la Escuela Naval, que se realizaban el 4 de agosto. “Ahí iban todas las cabras y se volvían locas. A mí no me gustaban, pero por esas vueltas de la vida igual terminé casada con un marino”.

Pero, según Edda, la fiesta más bella de todas era la Fiesta de la Primavera: “Hacíamos comparsas y nos disfrazábamos como en las celebraciones italianas. Bajábamos a dar vueltas por la avenida Pedro Montt y terminábamos, en la fiesta  del Paseo 21 de Mayo, que se realizaba para la ocasión”.

Ya era casi el mediodía cuando nos levantamos de la mesa. El Café República ya estaba lleno de turistas y vecinos. Nos despedimos de Luis y Alicia, dueños del café, antes de salir a la calle.

Caminando por Playa Ancha

Por unos minutos me sumé a la vida cotidiana de Edda. La acompañé hasta el kiosco de Margot  a comprar las Últimas Noticias. Mientras caminábamos me comentaba que sus hijos le recomendaban que hiciera un curso para usar internet. “Pero si yo necesito saber algo voy a las enciclopedias… ¡Quien sabe!  Hace poco uso Netflix y descubrí una serie bien buena”.

Atravesamos la cuadra en un lugar no habilitado y la quedé mirando. Ella me devuelve la mirada con cierta picardía. “Aquí yo cruzo donde quiero, pero para no asustarte, seguiremos por los pasos de cebra”.

Así llegamos hasta la Pastelería Granada. Se acercó hasta la caja y pidió una empanada para acompañar su almuerzo, la que venía envuelta en papel craft. Con el diario y la empanada comenzamos el camino de regreso a su casa.

“¿Viste”, me dijo, “Aquí yo tengo todo lo que necesito en unas cuantas cuadras”. Sacó la llave de su bolso, abrió la puerta de su casa y me invitó a pasar para conocer algo más de su mundo. Un mundo de libros, fotografías enmarcadas, lámparas antiguas, relojes de madera y mucho cariño por la vida, la familia y el barrio.

No pude irme sin abrazar a esta hermosa mujer, darle las gracias por su hospitalidad y decirle que siga el consejo de sus hijos, para que pueda leer este artículo en internet.

 

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