La Plaza Aníbal Pinto y el riesgo patrimonial de Valparaíso

Al final, los “progresistas” pueden argumentar que el progreso no puede ser detenido por sentimentalismos históricos y patrimoniales, pues bien, háganlo pero olvídense de la renta cultural extraordinaria que la demanda turística genera.

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03 de Septiembre, 2012 09:09
Ex Café Riquét, hoy convertido en Botica Salco Brand

Por Ibán de Rementería

La plaza Aníbal Pinto es el resumidero y símbolo de la grave crisis patrimonial que afecta a Valparaíso. Esta tradicionalmente llamada Plaza del Orden, seguramente por ser el epicentro del plan y la ciudad, fue declarada Zona Típica y de Protección en el año 1976 por el valor patrimonial de la arquitectura y actividades económicas y sociales de su entorno. Los locales comerciales más emblemáticos de la Plaza Anibal Pinto, que aún permanecían atendiendo a su público al momento de ser Valparaíso declarado Sitio Patrimonial de la Humanidad por la UNESCO en 2003, eran la Botica La Unión, El Café Riquet, La Librería Ivens y el Bar Cinzano.

Hoy la Botica La Unión, fundada a fines del siglo XIX y caracterizada por conservar en uso el mobiliario, las instalaciones y los equipos de fines de esa época, ya no existe porque en 2000 fue desmantelada para instalar allí una farmacia de una conocida cadena.

El Café Riquet, fundado en 1931, fue desmantelado en 2007 para instalar ahí una botica de otra cadena de farmacias, la cual pretende recrear los ambientes del novecientos con muebles hoy hechos y antigüedades obtenidas de las liquidaciones de otras “boticas” de provincia, también desmanteladas como la Botica La Unión.

La Librería Ivens, sita allí hace 110 años, debe abandonar su local “histórico y patrimonial” debido a que los nuevos alquileres que se plantean como canon los actuales propietarios del edificio, que ha sido quintuplicado, son imposibles de solventar por el propietario de la librería. El bar Cinzano igualmente castigado con esos nuevos alquileres aún puede resistir según su dueño.

La inauguración de la “Botica” SalcoBrand, con la consagración republicana de la presencia de las autoridades locales y representantes de las nacionales, plantea uno de los problemas más acuciantes de la protección, recuperación, conservación y puesta en valor del patrimonio cultural: el asunto de los falsos históricos. Está claro que no es admisible, ahora, introducir arreglos, reparaciones y mejoras que imiten o remeden el material y diseño original del bien cultural en referencia, sea edificio, monumento, plaza o sitio.

Las innovaciones necesarias a su uso actual deben ser armónicas pero claramente diferenciadas, siempre de preferencia sin intervenir para nada al bien cultural a proteger o usar. Es por eso que ni el Coliseo de Roma ni el Partenón de Atenas han sido reconstruidos, ya que serían unos falsos históricos. Bien sabemos que en obras de arte, antigüedades y objetos arqueológicos la imitación es un delito que se llama falsificación. A alguien le puede parecer esto una idea conservadora en un sentido negativo, lo que para nosotros es una idea positiva porque nos permite comparar lo que hacemos con lo que nuestros antepasados hicieron, de allí proviene la idea de progreso. Pero, esto es lo importante para el desarrollo local, los falsos históricos perderían el interés para los visitantes y disminuiría la disposición a pagar de los turistas por su disfrute. Así que, el falso histórico, además de una mala idea cultural es una pésima idea de negocio.

La renta urbana extraordinaria que genera el patrimonio cultural es el otro asunto crítico de tema patrimonial. Para los clásicos de la economía (Adam Smith, David Ricardo), la renta es la remuneración que se paga al propietario de la tierra, y de los recursos naturales, de igual manera que el trabajo es remunerado con el salario y el capital con el beneficio o la utilidad. La renta se paga porque hay un monopolio sobre la propiedad de la tierra y los recursos naturales, bienes cuya principal característica es que no pueden ser producidos por el hombre. Un clásico de la economía, más discutido que los anteriores, dijo:

“Finalmente, cuando se estudian las formas en que se manifiesta la renta del suelo, es decir, el canon en dinero que se paga al terrateniente bajo el título de renta del suelo ya sea para fines productivos o para fines de consumo, debe tenerse en cuenta que el precio de las cosas que no tienen de por sí un valor, es decir, que no son producto del trabajo como acontece con la tierra, o que, por lo menos, no pueden reproducirse mediante el trabajo, como ocurre con las antigüedades, las obras de arte de determinados maestros, etc., pueden obedecer a situaciones muy fortuitas”.

Las “situaciones fortuitas” que refiere Marx, en nuestro caso son específicamente la declaración de Valparaíso por la UNESCO de Sitio Patrimonial de la Humanidad, lo cual le confiere una certificación de calidad tal que convierte a la ciudad en un destino turístico que atrae a muchos visitantes, con disposición a pagar por los múltiples servicios conspicuos asociados a ese goce que, entre otras cosas, requieren de suelos urbanos para allí construir los edificios y sitios que esas actividades demandan. Estas rentas extraordinarias, con sobreprecios por los alquileres comerciales solo pueden ser compensadas mediante subsidios para los arrendatarios comerciales, mediante impuestos  específicos para los arrendadores privilegiados. Además, así rápidamente desaparecerían de la ciudad puerto tantos sitios eriazos en engorde convertidos en muladares, basurales y ratoneras. Claro está que, ese impuesto territorial extraordinario debería ser recaudado por le Municipio, y el subsidio debería ser gestionado y pagado por el mismo.

Al final, los “progresistas” pueden argumentar que el progreso no puede ser detenido por sentimentalismos históricos y patrimoniales, y que lo viejo por mucho que valga debe ser reemplazado por lo nuevo en negocios, arquitectura, urbanismo, usos sociales de los espacios y paisajes, etc., pues bien, háganlo pero olvídense de la renta cultural extraordinaria que la demanda turística genera.

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