La puesta en jaque del actual sistema alimentario

Durante años, las empresas de alimentos se han esforzado en desarrollar mecanismos para mantener bajos los inventarios, programando los envíos para equilibrar la oferta y la demanda utilizando la precisión y el manejo de los precios.

Imagen de Sofía Bustos
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25 de Marzo, 2020 13:03

Hasta ahora hemos estado acostumbrados a vivir en un mundo globalizado en el cual las cadenas de suministro mundial de alimentos vinculan sin problemas aparentes a los productores y los consumidores. Durante años, las empresas de alimentos se han esforzado en desarrollar mecanismos para mantener bajos los inventarios, programando los envíos para equilibrar la oferta y la demanda utilizando la precisión y el manejo de los precios. Este sistema tiene muchas debilidades que han facilitado que los productos ultra-procesados de bajo costo penetren fuertemente en los mercados.

Pero con esta abundancia y relativo éxito en el funcionamiento de un mercado globalizado, viene un costo oculto que COVID-19 ha expuesto, y es la pérdida en la capacidad de resiliencia del sistema. Nuestro sistema alimentario mundial, y por ende local, depende de la frágil estructura del comercio internacional para envolver al mundo en un sistema cada vez más complejo de compradores, vendedores, procesadores y minoristas, todos los cuales están motivados para mantener los costos bajos y las operaciones funcionales. Y cuando sucede algo impensado, como la situación que actualmente nos vemos enfrentando, la cadena de suministro se pone en duda. 

COVID-19 muestra que tenemos que despertar y darnos cuenta de que si realmente queremos perdurar y crecer como especie, y debemos pensarlo seriamente en un mundo en crisis, hay que modificar drásticamente la manera en que entendemos y operamos la producción, distribución, procesamiento y consumo de alimentos, y transitar desde un sistema mayoritariamente privatizado a uno con mayor responsabilidad social que de importancia al fortalecimiento de la estructura local.

El COVID-19 nos llena de incertezas, desconocemos cómo se comportará y sus reales efectos en las economías mundiales, puede que no estemos suficientemente preparados para enfrentar una crisis global, y no será el papel higiénico ni el alcohol gel lo que saldremos a buscar con sensación de angustia a los supermercados, sino alimentos frescos o de necesidad básica como arroz y harina. Si esto sucediera, lo que quisiéramos es contar con una cadena de suministro suficientemente sensible que permita llevar de buena forma la fragilidad y vulnerabilidad que la situación actual nos muestra.

Estoy convencida que COVID-19 pasará, idealmente sin dejar mucho estragos en la salud de las personas, pero lo que no podemos dejar pasar, bajo ninguna circunstancia, es la obligación de preguntarnos si nosotros, como sociedad, seremos capaces de darle la vuelta al modelo. Como seres humanos, a menudo, hemos hecho nuestro mayor progreso en escenarios adversos. Desafortunadamente nuestra especie tiene el molesto hábito de postergar, porque pareciera que lo urgente no deja tiempo para lo importante, ahora es tiempo de hacer las cosas mejor.

¡Actuemos!

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