La Televisión también sirve para escuchar

Cuando escuchamos a alguien, con atención, con respeto, con empatía nos pasan cosas, cambia nuestro mundo. Para comprender al otro, estamos obligados a abandonar nuestras certezas, a arriesgarnos a salir de nuestros propios límites.

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28 de Marzo, 2011 17:03

Por Mauricio Tolosa. Twitter: @mautolosa

Pasan los días y se mantiene el impacto de aquella hora del domingo, en que James Hamilton contó su historia en Tolerancia Cero. Ese día se rompió un velo, surgió una nueva comprensión de situaciones de abuso a las que han sido sometidos muchos cristianos creyentes por pastores que manipularon la confianza incondicional que surge en el marco de la fe.

Fue una situación anómala para la televisión: los panelistas -y miles de televidentes a través de ellos-, escucharon. Esa hora de escucha atenta conmovió y  cuestionó los cimientos de una de las instituciones hasta hace poco más intocables de Occidente. Esa hora de escucha, más allá de las diferentes opiniones de las personas, nos hizo comprender y solidarizarnos con el sufrimiento de un hombre abusado.

Cuando escuchamos a alguien, con atención, con respeto, con empatía nos pasan cosas, cambia nuestro mundo. Para comprender al otro, estamos obligados a abandonar nuestras certezas, a arriesgarnos a salir de nuestros propios límites: así logramos comunicarnos con el otro, estar en común-unión con el otro. Escuchar devuelve el poder a las palabras, destaca las conexiones y uniones y nos abre posibilidades.

Los formatos de los programas de televisión no están hechos para dar voz, para entregar la palabra a los “invitados” o entrevistados. Los entrevistados van a validar el flujo de lucimiento de el o los dueños del espacio. Paradojalmente, a propósito de Hamilton, Tolerancia Cero, es uno de los mejores ejemplos del invitado como festín de los panelistas. No merece comentario el modelo de destrucción de la conversación de los programas de farándula, donde abundan la descalificación, la ofensa, la agresión gratuita, el “exterminio” del “contrincante”.

La televisión chilena no está hecha para escuchar y generar preguntas, sino para transmitir y ratificar el estado de cosas. Imagínense lo peligrosa y transgresora que sería la televisión si hubiésemos visto testimonios, similares a los de Hamilton, de un hombre que tuvo que dejar morir a su esposa porque no se le pudo practicar el aborto terapéutico, o un emprendedor que fracasó y que comienza a perder lentamente sus bienes y su familia, o de un profesor que se siente asustado en la sala de clases por las amenazas de los alumnos. Imagínese que empezáramos a conversar y a escucharnos.

 

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