[OPINIÓN] El dilema de la violencia

El frágil equilibro entre vida y muerte. El juego cósmico cruel y bondadoso, esperanzador y deprimente, en que todos somos actores, títeres de un destino extraño, bailarines en el tiempo. 

Imagen de Alfonso Salinas
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25 de Noviembre, 2019 10:11
Foto: Huawei / Agencia Uno

El dilema es que sin violencia, nada hubiera cambiado. El drama es que las personas que están dispuestas a protestar saben que los van a reprimir. Los carabineros les van a disparar, golpear, rociar con gas pimienta, mojar, prepotentes, despiadados, abusivos. Las personas protestan por cambiar el sistema, los pacos por defender el orden. Sin orden, es imposible trabajar tranquilo, vivir. Sin violencia nada va a cambiar. Mientras más se altere todo hay más afectación a la normalidad que permite vivir tranquilos. Y mientras más se afecte, mayor la disposición a ceder y subir pensiones, etc. Es verdad. Pero la gente que no puede abrir su local, que vive asustada, sufre, con cada mobiliario roto, cada negocio saqueado, cada esquina quemada, también es muy genuino, no es de cartón. Cada vez es mayor es el daño que se le infringe al país, y es más difícil recuperarse y más riesgoso irse a la chucha con todo. Tampoco es claro cuál es el sistema que se quiere implementar y que de verdad pueda hacer que todo mejore, aunque el actual sea pésimo. Menos que todos concuerden con la misma solución, ni que el día después no se miren con recelo y desconfianza cuando el enemigo común haya muerto. Pero los agentes que defienden el status quo defienden algo que es un abstracto, cualquier cosa. Quizás estarían mejor en el nuevo régimen. O igual, serían máquinas del orden como ahora, de cualquier sistema. Es un drama y una comedia negra y sarcástica. Cada cronista agarra un pedazo, lo registra, difunde y alimenta, saciado de ver solo una parte. 

Quienes protestan y están dispuestos a arriesgar su vida, su cuerpo, su futuro, luchar por un mundo mejor, son héroes, pero también son villanos. Los policías que impiden un saqueo, que disipan una multitud que destroza, aunque mejor preparados y armados, también arriesgan su integridad, están exhaustos, tienen familias botadas, no ganan mucho y son también héroes, pero también villanos. Es una batalla que no da tregua. Si uno pilla al otro desprevenido, lo ataca y acorrala sin asco. Los héroes ciudadanos tienen motivos de sobra para su bronca: a las razones iniciales se suma la bronca por la reprensión feroz. Los agentes del estado lo saben y ya no hay medias tintas. Es una danza de violencia. La pasión y la mística de los primera línea es poética comunitaria, solidaria, romántica, corajuda, sacrificada. La disciplina, rigor, compromiso de los carabineros es abnegada, agobiadora, obediente. Por un lado la rabia e indisciplina callejera, por otro la ferocidad pretoriana insensible. Unos enceguecidos por una utopía algo febril, otros enceguecidos por su deber. Unos son más débiles, numerosos y desatados, otros están mejor dotados, son menos y están sujetos a protocolos y escrutinio. Unos abusan de su libertad y destajo, otros abusan de su preparación y el alero del Estado. A unos el Estado les cae encima con su ley, a otros el Estado se lava las manos y les encomienda el trabajo sucio. A veces ninguno tiene límites. Matar, violar, torturar, apalear. Linchar, quemar, saquear, apedrear, destruir. Es la danza de destruir para crear, mantener para no destruir. El frágil equilibro entre vida y muerte. El juego cósmico cruel y bondadoso, esperanzador y deprimente, en que todos somos actores, títeres de un destino extraño, bailarines en el tiempo. 

 

 

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