Celebrar el patrimonio en un país apestado

Celebrar el patrimonio en un país apestado

02 Junio 2020

¿El patrimonio puede contribuir con los deseos de cambio de un país apestado por la desigualdad y ahora en pandemia? ¿Para qué puede servir el patrimonio en un contexto de crisis? ¿Qué celebramos en el Día del Patrimonio Cultural con el #quedateencasa?

Javiera Carmona... >
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Por Javiera Carmona

Entre 1347 y 1350 la peste bubónica o “peste negra” originó una epidemia devastadora en Europa con rebrotes consecutivos en las décadas de 1360, 1370 y 1400, pero continuó hasta su erradicación definitiva en el siglo XIX gracias a la constatación de Paul‐Louis Simond (1858‐1947) quien descubrió en la India que la propagación de la peste dependía del control de las ratas portadoras de las pulgas que en sus tráqueas alojaban el bacilo. La gente del medioevo le llamó la Muerte Negra, por las erupciones oscuras de la piel, lo que el monje franciscano Michael de la Piazza describió con rigor clínico en octubre de 1347 y lo atribuyó a la falta de distanciamiento físico entre los marinos genoveses contagiados que descendían en el puerto de Messina (Sicilia) de galeras provenientes de Crimea. “A causa de una corrupción de su aliento, todos los que se hablaban mezclados unos con otros se infectaban uno a otro (…) de esta corrupción del aliento nacía en la pierna o en el brazo una pústula de la forma de una lenteja (…) aumentaban como una nuez y después como un huevo de gallina o de oca”. El fraile identificó con precisión los síntomas del breve ciclo de tres días de los apestados hasta “quedar liberados de los negocios humanos”: escupos sanguinolentos, cuerpo dislocado por el dolor, sensación de frío, fatiga, estado febril, abatimiento y angustia. 

Se pensaba que esta corrupción del cuerpo expresaba la cólera divina por la putrefacción del alma de los europeos, y para apaciguar la ira, la población aterrorizada acudió a curanderos, astrólogos y sacerdotes. Por ejemplo, en la desolada y apestada ciudad de Mons, en Bélgica, se realizó el 7 de octubre de 1349 una procesión para detener el castigo de Dios sacando las reliquias de Santa Valdetrudis, patrona de la localidad. Entre cantos, danzas, figuras de gigantes y la representación del combate contra los dragones (ver video), se transportó el cofre dorado con fragmentos del cuerpo de la santa (la cabeza aún permanece en una capilla de su templo) hasta la localidad de Bruyères de Casteau donde se reunió con las reliquias de su esposo también virtuoso, San Vicente de Soignies, con el que tuvo en total 4 hijos, todos venerados.

Según esta versión del origen de la fiesta religiosa, después del encuentro de la pareja sagrada ocurrió el milagro del cese de la epidemia. Así cada año se repite la festividad conocida como Ducasse de Mons considerada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Federación Valonia-Bruselas, y declarada por la Unesco en 2005 Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, con lo que atrae a miles de turistas que copan la ciudad. La fiesta de Santa Valdetrudis es un patrimonio de esa pandemia porque es una creación colectiva apreciada por la comunidad en tanto tradición que recoge los conocimientos, estéticas y cosmovisión que identifica al grupo y su acervo con el que respondió a una necesidad social situada en un tiempo remoto que puede tener muchos ecos en el presente. Con la peste bubónica el mundo medieval europeo cambió profundamente y vivió grandes convulsiones sociales. Mientras la gente festejaba a Santa Valdetrudis, caía de manera drástica el tamaño de la población, lo que elevó los sueldos por la escasez de trabajadores y provocó su desplazamiento hacia nuevas ciudades de acuerdo a la oferta salarial, pero la clase alta europea instauró leyes para frenar la reubicación de los trabajadores y fijar los precios de los salarios al nivel anterior a la pandemia de manera de evitar el ascenso social de los campesinos y las clases más bajas, situación que causó numerosas revueltas y medidas represivas que reflejaron la ansiedad de las elites contra el empoderamiento de los subordinados que participaban multitudinariamente en las fiestas religiosas, que además tenían elementos paganos que escapaban al control de la Iglesia.

La caída demográfica también dejó los campos sin labradores y los cultivos fueron reemplazados por pasto para la crianza de vacunos, actividad que requería menos personas en comparación con las tareas agrícolas, lo que aumentó el consumo cotidiano de carne y lácteos, y también en las celebraciones especiales. El alza de las exportaciones de carne y mantequilla desde Bélgica, el resto de los Países Bajos y Escandinavia enriqueció a los grupos que controlaban el sector alimenticio. 

En el balance entre las diferencias y las analogías entre las pandemias del mundo medieval y el mundo contemporáneo con el teletrabajo, la teleducación, la telecompra y el delivery, aparecen como denominador común indiscutible la conflictividad social y el miedo: a perder la vida, al hambre, a la miseria, al encierro, a la violencia, al otro, al extranjero, a la soledad, al más allá. El contrapunto permite reflexionar con mayor lucidez sobre los temores del presente, aseguraba el fallecido historiador francés Georges Duby, especialista en la Edad Media. En el libro Año Mil, Años Dos Mil: la huella de nuestros miedos G. Duby sostuvo que “las semejanzas no nos van a sorprender; pero los distanciamientos nos conducirán a plantearnos preguntas. ¿Por qué, en qué hemos cambiado? ¿Y en qué nos puede conceder confianza el pasado?”.

Las conmemoraciones son una manera de volver sobre la memoria, esfuerzo característico de la modernidad e inexistente en el medioevo. El apego al recuerdo de ciertos acontecimientos y personajes es un intento por recobrar la confianza, y revela el nerviosismo y la angustia retorcida al fondo de nosotros, advertía Georges Duby. En el tiempo de la Muerte Negra las medidas para salir de la crisis de la pandemia se buscaban en iglesias y templos. Con el Covid-19 no hay procesiones, pero sí navegación por la web buscando las certezas y participando también de los rituales de la memoria y la reparación. El Día del Patrimonio podría servir a ese cometido como el momento para pensar en los muchos significados y finalidades de las fiestas de la religiosidad popular, algunas no tan lejanas del medioevo. 

En la árida localidad de Petorca, al interior de Valparaíso, se celebra el 24 de septiembre la fiesta de la Virgen de La Merced con una procesión que lleva su imagen en andas sobre una alfombra de flores de 90 cms de ancho y 8 km de extensión, actividad que no depende de la Iglesia sino de la cofradía de la patrona quienes de manera independiente organizan a los barrios de la localidad para que diseñen libremente una porción de tapiz de flores.

Según la mitología local, en el siglo XIX un minero agradecido por la riqueza hallada en la mina preparó el camino de oro para que lo recorriera la figura de la santa; con el paso del tiempo el mineral fue reemplazado por la Amapola de California, conocida popularmente como “dedal de oro”. Para los habitantes de Petorca esta festividad, en la que hay danzas rituales dedicadas a la Virgen (bailes chinos) y duelos de décimas sobre temas bíblicos acompañadas con guitarra (canto a lo divino), es su gran patrimonio y supera en importancia a la celebración de las Fiestas Patrias, señala Marcelo Díaz Espinoza, comunicador audiovisual, especialista en patrimonio, quien estudió la fiesta entre 2017-2018 y actualmente realiza un documental. “La alfombra de flores convoca a todos los habitantes, a moros y cristianos, y con esto me refiero incluso a la población haitiana que migró a la localidad. Desde 2017 los haitianos con sus tambores le han dado un toque especial a la procesión, como el que le imprimen a su propia celebración por las calles de Petorca del Día de la Bandera haitiana en mayo” (ver video). De acuerdo al Censo 2017, la mayor cantidad de inmigrantes haitianos de la Región de Valparaíso se concentra en la Provincia de Aconcagua, y en la comuna de Petorca con la población migrante más alta en proporción al total de sus habitantes. Según la Oficina Municipal de Migración, en Petorca hay 322 haitianos alcanzando el 70% del total de extranjeros asentados. La fiesta de la Virgen de La Merced es un patrimonio vivo que absorbe los aportes de los flujos migratorios entregando nuevas capas de significados a la fiesta. 

Como en Bruyères de Casteau, al inicio de los 2000 se sacó la imagen de la Virgen para detener un gran temporal que amenazó con el desborde de los ríos, lo que finalmente se logró. Sin embargo, se inició una sequía severa que hoy es una tragedia en Petorca y que muchos habitantes la atribuyen a aquella procesión de emergencia y oraciones desesperadas a la Virgen para detener el desastre. Otros apuntan al cambio climático y el uso irracional del agua para el riego de cultivos muy exigentes (paltos) en una zona semiárida dedicada tradicionalmente a la minería, como revela la fiesta de La Virgen de La Merced. Los significados del patrimonio son complejos, cambiantes y sus efectos también.

Las fiestas al ser parte de las tradiciones son creación de las comunidades, al igual que lo patrimonial, especialmente la celebración del Día del Patrimonio Cultural. El Estado chileno no lo inventó sino lo copió en 1997 como un calco de la celebración instaurada en Francia en 1984 para el tercer fin de semana de septiembre con el objetivo de motivar las visitas a los monumentos y edificios públicos y privados de valor histórico, los que a su vez comprometen actividades diseñadas para la ocasión (visitas guiadas, conciertos, obra de teatro, circuitos temáticos, etc.). En síntesis, se trató de una medida para promover el consumo de bienes culturales y los servicios asociados (turismo, gastronomía, etc). En 2019 el lema de la celebración en Chile fue “Juntos hacemos patrimonio”, invitando a la reflexión sobre la importancia de todas las personas en la salvaguarda del patrimonio, como cultores o mediante su reconocimiento. “Lo llamativo fue que en paralelo se estaba tramitando con urgencia la polémica nueva Ley de Patrimonio criticada porque en su diseño fue totalmente excluyente y se hizo entre cuatro paredes. La queja se basa en que es antidemocrática, colonialista en tanto prescinde de mecanismos para recoger el sentir de los pueblos originarios, y regresiva en la defensa de los derechos humanos, materia fundamental en la historia reciente de Chile”, advierte Franssesca Arrué, periodista que realizó su tesis de grado sobre los significados que las personas le atribuyen al Día del Patrimonio en Valparaíso, efeméride que tiene el frenesí consumidor de otras celebraciones como el día de la madre o el de los enamorados. Cabe recordar que el 2019 terminó en con la gran revuelta social de un país apestado de las exclusiones y desigualdades, que no imaginó que al cabo de unos meses cargaría además con la Covid-19. 

Este año 2020 el lema del Día del Patrimonio pudo ser por ejemplo “Cambia el mundo, cambia el patrimonio” pero fue el “Quédate en casa” con muchísimas actividades en la web para sintonizar con el eslogan global de la pandemia, centrado en el acceso a los bienes patrimoniales virtuales desde el encierro. En el mundo real, el de afuera, la peste continúa propagándose y también las revueltas y protestas de una sociedad global doblemente apestada.

¿El patrimonio nos puede hablar de los deseos de cambio de un país? ¿Para qué puede servir el patrimonio en un contexto de crisis? ¿Qué celebramos en el Día del Patrimonio Cultural con el #quedateencasa?

Fotografías: María Teresa Devia

Video 

 

Video 2: Elaborado por Marcelo Díaz Espinoza

 

EL CASO DE LOS INMIGRANTES HAITIANOS EN LA COMUNA DE PETORCA: ESPACIOS DE ENCUENTRO PATRIMONIAL ENTRE LO MULTI E INTERCULTURAL from oldcheloide on Vimeo.

 


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