La cultura y la crisis: El “partido del orden” y los creadores chilenos

La cultura y la crisis: El “partido del orden” y los creadores chilenos

24 Junio 2020

El día 20 de junio apareció en El Mercurio de Santiago un texto titulado “El rol de la cultura en la crisis”, firmado entre otros por Emilio Lamarca y Cristián Warnken. El texto tiene una serie de aseveraciones que son en extremo discutibles.

Ernesto Guajardo >
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Por Ernesto Guajardo

El día 20 de junio apareció en El Mercurio de Santiago un texto titulado “El rol de la cultura en la crisis”, firmado entre otros por Emilio Lamarca y Cristián Warnken, el primero impulsor de la fenecida librería Metales Pesados que se ubicó en el cerro Alegre y el segundo, director de la editorial de la Universidad de Valparaíso.

El texto tiene una serie de aseveraciones que son en extremo discutibles. Lo primero es poner en plano de equivalencia el estallido social y la pandemia; lo segundo es que, en el caso del estallido, se asegure que este nos ha hecho perder lo público; más bien pareciera que el ciclo de movilizaciones iniciado a partir del 18 de octubre de 2019 nos ha permitido lo contrario, esto abordar lo público de una manera intensa y extensa como quizás no se había hecho en todo el proceso de “transición a la democracia”.

Desde sus primeros párrafos el texto asume su condición de declaración pública: es necesario un gran Acuerdo Nacional, se nos dice, y nos precisan que “es urgente construir un sentido colectivo, de identidad y pertenencia a una unidad mayor. Necesitamos una mejor y más consciente perspectiva de futuro en la que se profundicen los valores compartidos, desde los cuales se generen confianza y cohesión social”. A continuación se afirma algo que nos parece esencial en esta propuesta: “De hecho, todas las medidas económicas, aunque prioritarias en este momento, sin un relato unificador, resultarán solo en el corto plazo. Conectarlas desde un mismo sentido puede constituir el mayor desafío para nuestro país en un siglo”.

Un poco más adelante se nos indica que “el discurso racional parece no estar teniendo efecto. El arte, la cultura, en definitiva la educación podrían permitir activar herramientas simbólicas que, a través de tocar la fibra emocional, posibiliten recuperar y reconstruir la confianza cívica y la colaboración entre desconocidos transformando, mediante una épica, una colección de individualidades desconectadas en una unidad mayor”.

Y la conclusión no puede estar muy ajena de todo lo expresado: “proponemos abordar conjuntamente los problemas y las medidas sociales y económicas con un relato común sobre las iniciativas en desarrollo, que genere cohesión social, entendiendo la cultura y la educación como herramientas fundamentales de fomento y transformación...”.

Aparte de las ambigüedades conceptuales, ¿qué se debe comprender, por ejemplo, por “valores comunes”?, ¿es esta propuesta algo novedoso? En absoluto. 

Ya a inicios de la década de los noventa veíamos discursos similares, propuestas en este mismo sentido. Y en esos años leíamos en una de las ediciones de la revista salvadoreña “Taller de Letras”, un artículo de Luis A. González, quien, siguiendo los planteamientos de Karl-Otto Apel respecto de los subsistemas funcionales de la sociedad, señalaba que los neoliberales consideran que el capitalismo está constituido por tres subsistemas fundamentales: el tecnoeconómico, el político y el cultural. Ahora bien, para que el sistema funcione sin mayores fricciones, señalaba González, entre los tres subsistemas tiene que existir una coherencia y complementariedad básicas. Esto, es precisamente lo que indican quienes firman este texto: se ha perdido dicha relación vinculante,

 ¿Qué se debatía a inicios de la década de los noventa? Que el sistema capitalista habría sufrido la pérdida de su “correctivo ético” y entrado consecuentemente en una “crisis espiritual”. Por esos años, en Chile, la discusión en torno a lo ético fue apasionada, y se extendía a todos los ámbitos de lo social: se discutía, por ejemplo, si las privatizaciones eran o no éticas.

Ahora, nuevamente la palabra “crisis” vuelve a estar en el tapete y, al igual que a inicios de la “transición a la democracia”, se nos vuelve a decir que el subsistema cultural debe cumplir un rol vinculante entre los subsistemas económico y político. Es por ello que se busca asignar nuevos valores al subsistema cultural, para que este posea una lógica común a los ámbitos económico y político.

Recordemos otro aspecto del debate de la década de los noventa. A inicios de 1994, la socióloga e investigadora de CIEPLAN, Cecilia Montero, señaló que “los consensos alcanzados en lo económico no son tan evidentes en el plano de la cultura y de los valores”. Debido a esto, “en lo que resta de la década de los 90 el poder político deberá buscar una legitimación en el orden simbólico y valórico, en la capacidad de ligar economía y cultura”.

Para ella, la función que le compete a la cultura en nuestro país es la de “legitimar el sistema económico y su orientación cientificista y tecnócrata; por ejemplo, se busca la legitimación en el orden simbólico y valórico para que la población sienta ‘entusiasmo’ por temas tales como los impuestos, las privatizaciones y el gasto social”. Montero concluye señalando que “la sociedad chilena tiene que hacer honor, en sus formas de convivencia, a la madurez que ha alcanzado su economía y su sistema político”.

De este modo, como es posible apreciar, la propuesta que se plantea en “El rol de la cultura en la crisis” dista mucho de ser novedosa. De hecho, es casi la misma operación político-cultural que se realizó a inicios de la “transición a la democracia” impulsada en ese entonces por la Concertación de Partidos por la Democracia. Incluso en sus propuestas pragmáticas: “se tiene que, necesariamente, validar y reconocer la obligación de invertir sostenidamente en cultura y educación”, se nos dice desde El Mercurio. Más dinero, entonces, ¿para quiénes, para qué? Aquí están las tareas y los convocados a ejecutarlas: “Hemos visto la capacidad de la música, la poesía y el cine (por nombrar solo tres) de hacernos transitar del yo al nosotros. Y podrían también dar sentido a los sacrificios que inevitablemente vamos a tener que hacer” (...) “Entonces, si escuchamos a los poetas, si conversamos con ellos, tal vez salga de ahí no solo el relato que necesitamos sino también el ‘canto’ que nos pueda unir en lo profundo”. Así de simple. Más dinero para cultura, pero para una producción cultural que cumpla con lo solicitado. ¿Habrán creadores dispuestos a ser contratados?

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