Relatos de cuarentena: Soledad

Relatos de cuarentena: Soledad

23 Abril 2020

Sólo salía cuando debía ir al médico y como tenía buena salud... llevaba 2 años sin salir de casa. 

Nury Ortego-Farré >
authenticated user Corresponsal Corresponsal Ciudadano

Soledad

Soledad se percató de que llevaba 2 años en cuarentena y de que las cosas que todos hacían ahora contando los días de encierro ella llevaba 2 años haciéndolas sin caer en la cuenta de ello. Trabajaba desde su casa, como traductora. Tenía compañeros de trabajo, pocos, con los que hacía reuniones virtuales 1 vez por semana. Sus padres se habían ido lejos siguiendo a su hermana menor becada en el extranjero, tenían reuniones familiares virtuales todos los domingos, cumpleaños y navidades. Conocía a su sobrino sólo a través de la pantalla. No le gustaba ir de compras y todo lo pedía a domicilio, la pizza, la compra del supermercado, la ropa, hasta las ampolletas. Realizaba todos sus trámites online, todo tipo de transacciones. Veía porno y tenía un par de encuentros al mes con un grupo de enmascarados desnudos que realizaban prácticas sexuales solitarias frente a sus cámaras (y usaba una máscara de Spiderman que había pedido a China por Wish). Sólo salía cuando debía ir al médico y como tenía buena salud... llevaba 2 años sin salir de casa. 

Estaba sentada frente a su notebook, tecleando, más atrás, en la pared, la tv encendida, matinal (la sra Juana, emprendedora, hablaba de su nuevo negocio de mascarillas hechas a mano). En la misma silla, apretado bajo su muslo, el celular que cada tanto vibraba, ella lo sacaba, miraba, respondía mensajes de texto, de voz, enviaba fotos. Día 12 de encierro y ella hasta entonces no se había sentido encerrada, su vida transcurría normal, tal cual como había transcurrido los últimos 730 días; pero en ese momento, sin explicación, sintió como si un balde de agua fría le cayera encima y al levantar ambos hombros por el susto y por el frío hubiese venido Rambo a ejercer su fuerza descomunal sobre ellos y no le hubiese permitido levantarse de su silla; de pronto se sintió agobiadísima, le faltó la respiración, se abrazó la garganta con ambas manos como si se estuviera atragantando, sintió un escalofrío que le recorría el cuerpo y al mismo tiempo un calor que le quemaba las mejillas, por la nuca un hormigueo y definitivamente (pensó) que se había acabado el oxígeno en su departamento; se dirigió apresurada hacia la abandonada ventana y la abrió de par en par para calmar su ahogo, miró al cielo, vio el sol, sintió el aire, escuchó jazz y bajó la vista: en la ventana de enfrente un joven se movía al ritmo de aquella música (que nunca le había gustado pero ahora le parecía tan celestial) mientras pelaba unas zanahorias y ponía diversos vegetales en un sartén enorme que chisporroteaba aparentemente también al ritmo del jazz. No pudo resistirse a observar aquel cuadro, ventana contra ventana, un cuerpo real a unos pocos metros de distancia, separados sólo por el abismo del patio de luz. Estaba extasiada; ese cuerpo moviéndose despojado de pudores, ese “cocinerito” sudando al calor del aceite de oliva, esas manos fuertes con olor a cebolla, si pudiera salir y sentirlas recorrer sus muslos. Ella se abrió un botón de la blusa, ya no le faltaba el aire pero... por si acaso. De pronto el espiado vecino se sintió observado y lanzó una mirada hacia afuera de su metro cuadrado con una puntería perfecta; la miró... y le sonrió... y continuó haciendo lo que hacía mientras la seguía mirando. Ella abrió los otros 5 botones de su blusa, llevaba un sostén deportivo, cómodo, que dejaba ver fácilmente la verdadera forma de sus tetas. A ambos costados la mancha del sudor axilar que delataba la temperatura de la escena. Sin apartar la vista ni un segundo (ni ella de él, ni él de ella) ella llevó su mano arrastrándose como una serpiente lasciva por su torso, desde su estómago hasta su pecho, para tomar su sostén por arriba y con un movimiento brusco dejar escapar su seno izquierdo. Ambos quietos, absortos y respirando como si estuvieran corriendo una maratón, él con ella, ella con él, el jazz y el sartén chisporroteando... y el humo... el humo que lo envolvió a él como en un sueño, sólo que este humo era negro y los hizo despertar de la fantasía. Él le tiró agua a su sartén, reapareció el abismo del patio de luz. Soledad abotonó su blusa y volvió muy repuesta a su vida en cuarentena.