Valparaíso Catastrófico: Y vino el temporal…

Valparaíso Catastrófico: Y vino el temporal…

27 Abril 2021
El viento se presenta como poesía, arremolina las letras y se hace palabra. “La ciudad de los vientos”, decía Joaquín Edwards Bello para referirse a Valparaíso. Para Neruda el viento de Valparaíso tiene color, es negro, y “abre sus alas de carbón y espuma para barrer el cielo”.
Rodolfo Follega... >
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Decíamos al principio que el aire en Valparaíso toma la forma del viento, que el viento se transforma en corriente de aire, que esas corrientes suben y bajan por escaleras, quebradas y callejones. Envuelven la atmósfera en nubes de tierra o de todo lo que arrastren a su paso, se lleva los papeles que van en mano de un funcionario para conseguir el ansiado timbre, las hojas del periódico, los sombreros.

Los vientos en Valparaíso tienen domicilio. El viento de la Avenida Argentina es ancho, aplastado. El viento de Pedro Montt es señorial. El viento de la calle Melgarejo, ese sí es que es viento, entre la plaza Aníbal Pinto y la calle Blanco, por el costado del antiguo Café Riquet y la 11°Compañía de Bomberos, la inglesa. Por allí, en apenas una cuadra, sopla con tal intensidad que hay que sostenerse muy bien con los pies en la tierra, y sostener muy bien las bolsas del mercado, los libros y los cuadernos, las damas los vestidos y los caballeros los sombreros. El viento de Melgarejo puede venir desde el mar o desde los cerros. Cuando viene del cerro baja por Almirante Montt o por Ricardo Cumming, silencioso, casi invisible. Se arremolina en Aníbal Pinto y es expulsado al mar por esa garganta, angosta y alta, que es la breve calle Melgarejo. Ese viento sopla siempre, aunque en ninguna otra parte de Valparaíso sople ni si quiera una brisa. El viento de Playa Ancha. Esa es otra historia, tal como Playa Ancha, la República Independiente de Playa Ancha, como la llaman sus vecinos. El viento de Playa Ancha sopla plano en la meseta, fuerte en el acantilado, certero en el estadio. Allí, en el estadio, donde juega de local el Santiago Wanderers de Valparaíso, puede ser un fiel aliado o un poderoso enemigo. El balón puede elevarse a las alturas o tomar tal fuerza capaz de romper las redes. También está el viento de todos los cerros, ese que hace flamear banderas, volantines y la ropa tendida en las ventanas.

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El viento se presenta como poesía, arremolina las letras y se hace palabra. “La ciudad de los vientos”, decía Joaquín Edwards Bello para referirse a Valparaíso. Para Neruda el viento de Valparaíso tiene color, es negro, y “abre sus alas de carbón y espuma para barrer el cielo”. En su Oda a Valparaíso el mismo Neruda nos recuerda que Valparaíso “es tan pequeña como una camiseta, colgando en tus ventanas harapientas meciéndose en el viento de los océanos”. Y para Zoilo Escobar Valparaíso es la “espuela de tus vientos”, como si girara constantemente sobre sí mismo al ritmo del vendaval.

Pero entre las letras porteñas, quizás unas de las que más resuenan y resoplan son los versos de Osvaldo “Gitano” Rodríguez. Un verdadero himno de Valparaíso que se puede escuchar en cada bar y restaurante de este puerto. “…Y vino el temporal y la llovizna, con su carga de arena y desperdicio, por ahí pasó la muerte tantas veces, la muerte que enlutó a Valparaíso, y una vez más el viento como siempre, limpió la cara de este puerto herido…”.

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Temporal, llovizna, muerte, puerto herido… Es que el viento sopla fuerte desde el océano en invierno o hacia el océano en verano. Y aquí es que nos encontramos con una de las principales consecuencias que el viento transforma en continuas catástrofes. Los temporales.

Se podría decir que los temporales son una acción combinada de aire y agua, pero el motor que desata la tormenta siempre será esa ráfaga de aire que en forma de viento azota la costa, los cerros, los techos. El viento norte, en invierno, arrastra el mar hacia a los cerros. El viento sur, en verano, se lleva los cerros hacia el mar.

Y entre viento norte y viento sur quedémonos con el primero como el gran causante y responsable de las catástrofes que azotan el puerto y la ciudad, los temporales.

Si hiciéramos arqueología urbana en Valparaíso sobrarían los hallazgos que testimonian los naufragios y varamientos que ha dejado la seguidilla de temporales que azotaron las costas de la ciudad. Recordemos que hasta bien entrado el siglo XIX la parte plana de Valparaíso era apenas un par de cuadras desde el pie de los cerros hasta la línea de las mareas. Sólo un lento y arduo trabajo de relleno de la costa permitió ir ganándole terreno al mar hasta concebir el paisaje actual. Por esto, el subsuelo del casco histórico tradicional de la ciudad se convirtió en un depósito de embarcaciones arrojadas a tierra por la furia de los temporales de viento y las marejadas continuas que soplaban desde el norte.

Tan sólo uno de aquellos temporales, en octubre de 1836, dejó el siguiente saldo de embarcaciones naufragadas, según se registra en la crónica de El Mercurio, en un elocuente relato, el día 24 del mismo mes: “…Al amanecer del día de ayer principió a soplar el viento norte y gradualmente fue aumentando su fuerza, de manera que a las nueve y media de la mañana vino a tierra el bergantín nacional Cinco de Abril, frente a la iglesia de La Merced. A las once de la mañana trajo a tierra, frente al cerro Bellavista, la fragata norteamericana Guillermo Byrne, y a las dos de la tarde sucesivamente la goleta nacional Rosa, el bergantín inglés Sir John Krane, la barca nacional Serena, el bergantín Independencia, la goleta inglesa John Ecklin, frente a la quebrada del Almendro y el cerro Monte Alegre…”. En tan sólo unas horas siete embarcaciones encalladas entre las calles y quebradas, al pie de los cerros.

Relatos y testimonios de este tipo hay muchos, y en todos se puede constatar la fragilidad del puerto y sus instalaciones ante los embates del viento y los temporales, la falta de medidas de seguridad, la impotencia frente a la naturaleza y el elevado costo en vidas humanas.

Así el viento azotó Valparaíso, pero, como cantaba el “Gitano” Rodríguez, también “limpió la cara de este puerto herido”. Y es que aunque no fuera posible controlar los vientos, Valparaíso poco a poco fue aprendiendo de la catástrofe. Pero el viento sopla, y siempre sopla fuerte en Valparaíso. Y aunque de tanto en tanto, hasta el día de hoy, los temporales nos dejan una que otra embarcación encallada o varada en sus costas, sigue soplando entre callejones y escaleras, ascendente o descendente, llevándose sombreros o levantando vestidos. Porque Valparaíso, volvemos al “Gitano”, “no se puede vivir sin conocerlo, no se puede mirar sin que nos falte, la brea el viento sur, los volantines…”.


Foto: Vista de la playa del Almendral 1862. Fuente: Castro y Ordoñez