A cuatro años de las Primarias Ciudadanas en Valparaíso: ¿hay algo que celebrar?

A cuatro años de las Primarias Ciudadanas en Valparaíso: ¿hay algo que celebrar?

06 Julio 2020

Sin duda sí hay algo importante que celebrar, pero no lo que algunos, que también participaron de aquella gesta y quizás imbuidos de drama hollywoodense, han querido pretender: que fue el día que cambiamos la historia. De hecho, no cambiamos nada. 

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Por Rosa-Inés Martínez, Coordinadora Logística de la Primeras Primarias Ciudadanas

El pasado viernes 3 de julio se cumplieron cuatro años de aquella gesta ciudadana que fue la Primera Primaria Ciudadana Auto-Convocada en Valparaíso. Sin lugar a dudas un hito histórico no sólo en la política local, sino también nacional. 

Fuera de la tutela del Servicio Electoral, de la burocracia de éste, su infraestructura y sus recursos, las fuerzas ciudadanas vivas de esta ciudad fueron capaces de levantar -en base sólo al empeño y organización- un proceso de primarias en el que las organizaciones ciudadanas convocaron a todos los porteños a elegir la o el candidata/o que disputaría la alcaldía a los partidos del duopolio. 

Después de cuatro años de dicho hito, y visto el desarrollo de los sucesos acaecidos una vez alcanzado el gobierno comunal, como consecuencia de ese proceso iniciado en dichas primarias, cabe la pregunta ¿hay algo que celebrar? 

Sin duda sí hay algo importante que celebrar, pero no lo que algunos, que también participaron de aquella gesta y quizás imbuidos de drama hollywoodense, han querido pretender: que fue el día que cambiamos la historia. De hecho, no cambiamos nada. 

No, lamentablemente no cambiamos nada. Al cabo de cuatro años de gobierno comunal, jibarizado y sumido en el ostracismo político y haber sufrido marginación casi en su totalidad los actores centrales de la construcción de aquel proceso y programa que llevó a la conquista del municipio porteño, todo sigue igual; Valparaíso se sigue cayendo a pedazos; la municipalidad sigue siendo el bastión de contratación de militantes del jefe de turno; el populismo y la falta de transparencia y probidad en el gobierno siguen vivas y coleando; las viejas prácticas que buscábamos erradicar siguen intactas, maquilladas por un impresionante y demoledor aparato de propaganda que suplantó la noción de comunicación.

Los errores a reconocer y las lecciones a aprender, dependerán siempre –como todo- desde la posición ideológica desde las cuales se hagan, sean estas reconocidas o no. Quienes fuimos parte central de dicho proceso, solemos escuchar la retahíla de comentarios que apuntan hacia los errores, pero es fácil ser general después de la guerra. Lo que sí puedo argumentar a título muy personal y habiendo sido parte intima del proceso, es que no se puede negar la política cuando se está haciendo política, así como importante es tener el coraje de detener los vicios que se asoman a modo de intento y renunciar a los silencios que le permiten perpetuarse. Es decir, el miedo a la palabra, el culto al silencio.

El gran error cometido -a mi juicio- fue guardar silencio; silencio para no hacerle el juego al “enemigo”, dejar pasar los goles, por temor a generar conflicto, en definitiva, difícil que lo sucedido no sucediera si frente a la dinámica arrolladora de los lobeznos acariciando la idea del poder, imperó el silencio y el miedo a enfrentar las tempranas desviaciones que se manifestaron a poco andar el proceso. 

Pero volvamos a las celebraciones. Lo que sí a mi juicio debemos celebrar, es que aquel 3 de julio, la ciudadanía porteña logró marcar un importante hito en la historia política reciente de este país y la historia de las organizaciones sociales. Por primera vez en Chile se celebraba una elección de primarias ciudadanas, prescindiendo de toda la institucionalidad electoral estatal, donde cada uno de los requerimientos necesarios para llevar a cabo una elección legítima, sin cuestionamientos de participación, fue llevado a cabo gracias al esfuerzo, compromiso y convicción de los comprometidos en el proceso, sin que la institucionalidad estatal tuviese injerencia alguna en su desarrollo. Titánica tarea. Todo lo cual constituye una elocuente demostración de autonomía ciudadana, evidenciando que la ciudadanía, con unidad, organización, empuje, disciplina y metas claras, es capaz de suplir al Estado en ámbitos impensables.

Esa es, a mi juicio, la tremenda razón para celebrar, el poder de la auto organización ciudadana, esa misma que hoy se expresa en las decenas de ollas comunes que la comunidad ha levantado gracias al tesón, organización y solidaridad que impregna la idiosincrasia de la acción comunitaria, para hacer frente a la inoperancia de las instituciones del Estado, tanto del nivel central como local. 

Esa auto-organización siempre será un peligro para el poder político, de ahí los intentos de cooptar, sino desestabilizar.

No cambiamos la historia, claro que no, basta recorrer Valparaíso y constatar aquello, pero sí logramos demostrar el poder de la organización ciudadana.

Ese es a mi juicio, la esencia del hito a celebrar. 

Pero quedarnos en la celebración de este importante hito, no nos puede hacer olvidar el fin último que buscaba aquel proceso ciudadano en el que se enmarcaban dichas primarias: recuperar la incidencia del movimiento ciudadano en la decisión por un mejor Valparaíso para todos y ganar la disputa que se libra en el meollo de esta ciudad, el borde costero, territorio esencial de una ciudad marítima como Valparaíso, elemento clave que definirá el desarrollo hacia el futuro. Esa es la gran disputa que ninguna elección debe perder de vista y esa era la disputa por la que se generó todo aquel proceso ciudadano. 

Una disputa por un desarrollo portuario amigable con la ciudad, ante la amenaza de un desarrollo portuario decidido desde Santiago y que atenta seriamente al desarrollo integral de nuestra ciudad y sus diferentes vocaciones. Amenaza que se encarna fundamentalmente en el llamado T2, un proyecto tan cuestionado como fallido (abandonado por sus concesionarios), cuya insistencia obtusa por parte del Estado, deja una vez más en evidencia el distanciamiento de las políticas con la voluntad ciudadana y la racionalidad, sobre todo si se considera que existen proyectos alternativos, propuestos desde diferentes sectores de la sociedad, con menores impactos y más coherentes con la ciudad.

Pues esa amenaza aún sigue viva y acecha sobre esta ciudad. Sin embargo, aquellos que con tanto ímpetu se enfrentaron al centralismo y dieron nacimiento al ente germinador de este proceso, el Pacto Urbano La Matriz (PULM), hoy parecen haber olvidado el motor que dio origen a todo ese proceso y prefieren quedarse tan solo con la romántica celebración de una importante parcialidad.

Otro motivo más para aseverar que el 3 de julio nada cambiamos e insistir más bien en que fue una gran gesta demostrativa de la potencialidad de los porteños y las porteñas. 

Es largo el análisis del fin de dicho referente, como bastión colectivo y organizado para hacer frente a la amenaza del T2, pero sin duda, la falta de visión política de muchos de sus participantes, la esquizofrenia de la negación de la política por parte de algunos miembros, a la vez que se incidía y se irrumpía con fuerza en la política local, el abandono y negación a la conducción una vez que sus fundadores resultaron electos, dejándola a la deriva y carente de contención ante los intentos y pretensiones de control o cooptación, por parte del recién electo alcalde “ciudadano”, terminaron por extinguir una débil organización, reducida a la suma de recién llegados, carentes de inserción en la trama del quehacer urbano y consumida por los constantes disputas por frenar la intromisión alcaldicia. Atrás quedó aquel PULM plagado de creatividad y frescura que logró el hito del 3 de Julio

Así, el T2 y sus consecuencias para la ciudad, aun siguen presentes como una sombría nube que se cierne sobre ésta desventurada ciudad-puerto, a la que un grupo de ciudadanos aún le hace frente. Esperemos sin embargo, que este 4° aniversario sea el momento para una reflexión, sobre todo para los representantes ciudadanos, a quienes les cabe la responsabilidad de liderazgo en la materia, una reflexión que haga reavivar la memoria y buscar en el cajón del olvido aquel urgente llamado a organizarse para poder defender la ciudad de su mayor amenaza, porque el desarrollo de una ciudad marítima como Valparaíso, se define primordial e inexcusablemente en su borde costero, lo demás son fines vagos de mejoramiento social. 

Si no se entiende que la batalla primordial que libra este decaído Valparaíso de cara a su desarrollo futuro, está en la recuperación de su borde costero para la ciudad, unido a un desarrollo portuario armonioso con esta, se seguirá perpetuando la política de las parcialidades, la política de los pincelazos sociales, carentes de un actuar estructural, alejado del verdadero norte de la política, que Valparaíso y sus habitantes tanto requieren.

Foto: Huawei / Agencia Uno