Memorias de una taza

Memorias de una taza

03 Marzo 2020

Por alguna extraña razón, yo era la que siempre quedaba al rincón... la que menos usaban... la que no salía; por dentro me moría de envidia, se me carcomía la cerámica; ¡cómo podía ser que la joven de ojos alegres no se preocupara de ocuparnos por igual!

Nury Ortego-Farré >
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Paseando por la calle Uruguay entre Victoria y Hontaneda, incluso más arriba subiendo por El Litre hasta el consultorio, un día de semana cualquiera hay un mundo de objetos de todo tipo a la venta, “¡de todo!”, cosas nuevas y usadas, chinas y antigüedades: accesorios de celular, herramientas, libros, ropa, plantas, juguetes, cachureos, muchos cachureos... Y ahí la vi, una taza sola (bueno, no tan sola, con su plato, pero sin otras tazas), era linda la taza (para mi gusto, porque me gustan las cosas antigüas, esas que son de otra época pero no tan lejana, que no les alcanza para valorizarse como antigüedad, esas que a pocos (o nadie) les interesan, esas) y me llamaba; me parecía escuchar que me decía “¡Cómprame! ¡Llévame!” y me dio pena y me la llevé y no me arrepiento porque ella agradecida me contó su historia:

'No recuerdo el momento exacto de mi nacimiento, si es que lo tuve; debo haberlo tenido puesto que nada es permanente: todo tiene un principio y un final. Recuerdo el momento en que vi la luz por primera vez, cuando abrieron la caja. Una joven con ojos alegres llamaba - “ven a ver los regalos! Ya po', ven a verlos!” - Un joven ÉL se sento a su lado contento, jugueteando. La cama llena de regalos, casi todos artículos de casa, principalmente de cocina. Ollas relucientes, copas elegantes, deslumbrantes cubiertos y nosotras, las tazas comunes. Seis hermanas, cada una con su plato, de diseño atractivo (al menos para la joven de los ojos alegres que siempre decía que su color favorito era el del mar y nosotras contábamos con una raya azul en nuestros platos y unas azules figuras danzantes a nuestro alrededor) y “tamaño justo” según el ÉL y yo concuerdo con él.

Siempre eran dos las más usadas y las demás esperábamos que hubiera visitas o que la joven de los ojos alegres se permitiera no lavar la loza, y así nosotras pudieramos salir del estante y con suerte cambiar de puesto para ser, durante los días venideros, las más usadas: las elegidas.

Fuimos felices, nos gustaba sentir un dedo en la oreja, una boca en el borde y los días de frío, dos manos rodeando el cuerpo. A veces me parecía poder sentir el sabor de la Selva Negra de los cumpleaños, desde las bocas que se nos posaban sin limpiar o aun masticando restos para tragarlos con té. Recuerdo perfectamente cómo nos burlamos de esa, a la que le tocó el abuelo que no quizo torta, después de haber esperado un año para el evento. 

Nos habíamos puesto nombres: Fana, Cale, Roma, Tala, Tano y Rune la que se quedó sin torta. 

Por alguna extraña razón, yo era la que siempre quedaba al rincón... la que menos usaban... la que no salía; por dentro me moría de envidia, se me carcomía la loza; cómo podía ser que la joven de ojos alegres no se preocupara de ocuparnos por igual! Hasta que sucedió una cosa. La primera vez la recuerdo con más nitidez que las que siguieron, seguramente por la impresión que me causó, pues antes de eso ni siquiera sabía que aquello podía pasar. Era una reunión familiar, el ÉL de la joven de ojos alegres se levantó de la mesa tan bruscamente que, elevándola, la transformó en resbalín y varios objetos alcanzaron a caer: sólo quedaron pedazos, la oreja en un lado, el poto en otro, tuve que quitar la mirada. Entonces fuimos cinco. Ya no apostábamos por salir primero, ahora “la elegida” era la que se quedaba al rincón.

Creció la familia, el ÉL ya no estaba tanto tiempo en casa, yo creía que era como para compensar el espacio ya que ahora había un pequeño “él”. El pequeño “él” exploraba el mundo y escalando el estante quedamos cuatro.

La joven de los ojos alegres dejó de tener los ojos alegres y el ÉL daba manotazos furiosos, de vez en cuando tiraba las cosas y en una de esas quedamos tres.

La joven de los ojos tristes dejó de ser joven, el pequeño “él” dejó de ser pequeño y el ÉL dejó de ser. Y no recuerdo cómo, quedamos dos.

La mujer de los ojos tristes y el ex pequeño “él” tomaban el té con nosotras (o en nosotras), sus bocas tibias a veces sonreían y aun comían Selva Negra en el cumpleaños. Fueron muchos cumpleaños y el ex pequeño “él” casi nunca estaba y a la mujer de los ojos tristes a veces le tiritaban las manos; estaba lavando cuando sólo quedó una: yo. Y así se desarmó el juego de tazas, tal cómo se había desarmado el matrimonio, tal como se desarmó la familia.

Éramos ella y yo, la taza común. La mujer de ojos tristes y cansados ahora me llevaba al velador, me ponía el plato encima y me usaba durante la noche, todas las noches, y me usaba durante el día, todo el día, casi siempre sobre el velador. Fui de nuevo tan feliz, fui su compañera para el final. Empezó a olvidar algunas cosas pero nunca se olvidó de mi. Empezó a olvidar más cosas hasta que desapareció. 

Me guardaron en una vitrina, el ex pequeño “él” decía “¡No! ¡Esa taza no la toquen! Era la taza de tu abuela. ¡Ahora es mi tesoro!” 

Enloquezco, deseo fervientemente rodar y caer al suelo y quebrarme en mil pedazos. No quiero ser un tesoro en una vitrina! Quiero ser una taza común en un velador hasta desaparecer.'

Aún no la llevo a mi velador pero sí a mi mesa. Y le pregunté cómo diablos fue a dar desde la vitrina intocable hasta la feria de los cachureos de la calle Uruguay... pero eso ya es otra historia.

(Dedicado a todos los que le dan importancia a esos objetos que contienen recuerdos de los que ya no están).

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